Hay momentos en los que uno descubre lo delgado que es el barniz civilizatorio. Nunca más delgado que en una emergencia. Lo recordé una tarde cálida de agosto, cuando presencié un pequeño choque en una calle estrecha y tuve que observar, entre curioso y consternado, la lógica de conflicto de los dos conductores implicados.
Dos parachoques dañados, dos personas molestas, ningún herido — un asunto banal. Y, sin embargo, en cuestión de segundos las voces subieron, las manos gesticularon, los reproches se remontaron años. El intercambio civilizado de nombres, datos de seguro y cortés despedida que todos creemos que manejaríamos con compostura no ocurrió.
No cuento esta anécdota para moralizar. No va de "en mis tiempos" o "esta juventud de hoy". La cuento porque dice algo sobre la relación entre conflicto y derecho. Porque aquí interviene, modestamente pero esencialmente, el derecho.
El barniz de la civilización — expresión que hizo famosa Freud y que, ciertamente, no inventó él — describe exactamente la fina capa que impide, en la interacción cotidiana, que volvamos a la respuesta tribal ante la ofensa: voz más alta, amenaza mayor, puño más cercano. Lo que hace un orden constitucional, con toda su aparente torpeza, es evitar ese deslizamiento. Dice: en un conflicto no se grita, se llama a la policía, se intercambian datos, se espera al seguro, se contrata a un abogado si hace falta y, en último extremo, se va a los tribunales. La ley, por tanto, no es solo protección contra conducta delictiva — es conducta civilizatoria.
Quien ve el derecho solo como un prestador de servicios para su propia ventaja pierde esta dimensión. Por supuesto, los abogados cuidamos ventajas — ese es el oficio. Pero lo hacemos dentro de un marco procesal cuya primera y más valiosa cualidad es que nadie tenga que recurrir al puño. Nuestro despacho es un lugar de trabajo en el que las personas, de otro modo, se gritarían entre sí, y donde, en el mejor caso, ahora circulan argumentos razonables por escrito entre las dos partes.
Por eso recelo tanto de quienes proclaman con fuerza la idea de hacerse justicia por su mano. No me refiero a los casos penales; ahí el error salta a la vista. Me refiero a la versión cotidiana: el vecino que "da una lección" al de enfrente, el consumidor que se pone violento con la cajera, el conductor que reparte pequeñas lecciones en la autopista. Cada uno de esos momentos es un pequeño desplome del barniz. Y quienes lo hacen, rara vez tienen después el humor para reírse.
Una sociedad sana no evita esos momentos con campañas de virtud. Los evita porque existe un sistema que funciona, que retira los conflictos a tiempo de las manos de la gente, los procesa profesionalmente y los devuelve con un resultado aceptable. El barniz civilizatorio es delgado. Pero el Estado — con sus tribunales, abogados, aseguradoras, registros — no lo pule. Lo renueva cada día.
Para los conductores de aquella tarde nada de esto importó. Gritaron, entregaron papeles, se fueron. A la mañana siguiente, la oficina local del seguro les habrá llamado amable y competente, y con eso el asunto estará resuelto. Lo que el derecho hizo aquella tarde no fue un acto heroico. Fue la silenciosa disposición de una alternativa al puño. Y eso, al final, es el mayor regalo que una civilización puede hacerse a sí misma.